The Ballad of Cable Hogue

La balada de Cable Hogue. Sam Peckinpah. Jason Robards

El último hombre libre

El viejo Sam Peckinpah rodó Grupo salvaje y La balada de Cable Hogue a piñón, sin apenas descanso. Incombustiblemente fiel a su tono crepuscular, Peckinpah añade esta vez un complemento tragicómico a su peli con el que le guiña un ojo al spaghetti western y suaviza, hasta cierto punto, el componente violento y elegíaco de su trabajo anterior.

Se trata, pues, de un filme más personal, íntimo y nostálgico. Pocos como el californiano consiguieron escanear con ese peculiar lirismo el espíritu de unos hombres tan rudos como cándidos, de unos hombres condenados a escuchar el canto del cisne del Far West. Cable Hogue encarna a las mil maravillas la figura del perdedor, del desarraigado, de esa voz que clama inútilmente en el desierto ante el advenimiento de una nueva era. Pero no todo acaba ahí, La balada de Cable Hogue es, ante todo, una entrañable historia de amor entre un trotamundos y una furcia de buen corazón. Diálogos tan breves y contundentes como el que podéis leer a continuación constatan mis palabras.

Cable. Estás preciosa.
Hildy. Ya me has visto antes.
Cable. Hildy, a ti nadie te ha visto antes.

Tal vez la peli de Peckinpah no sea una obra maestra. Me importa un rábano. Cualquier espectador puede contener la risa ante la ingenuidad de esos zooms dirigidos hacia la generosa regatera de Stella Stevens (menudo bomboncito, por cierto) o ante esas carreras a cámara rápida tan propias del cine cómico. Pero... ¿alguien conoce a un hombre capaz de vestir unos calzoncillos largos con mayor dignidad que Jason Robards?. Yo, no. Taylor (Terrasa) Filmaffinity